#SantaClaritaDiet

'Santa Clarita Diet', fast food televisivo

Drew Barrymore nos presenta su nueva serie en Netflix, protagonizada por ella misma junto a Timothy Olyphan. Nos muestran una comedia en la que se mezclan asuntos inmobiliarios, conflictos familiares, problemas vecinales y sangre, mucha sangre.

 

 

 


Tenemos a Netflix como sinónimo de calidad asegurada, pero en algunos casos parece que la plataforma patina. Y es que una buena premisa, una buena promo y un equipo técnico y artístico, a simple vista estimulante, es un arma de doble filo.

 

En esta ocasión, ‘Santa Clarita Diet’ se nos presentó como un guilty pleasure perfecto para contrarrestar series de gran peso dramático que triunfan estos días. “Te presentamos a Sheila y Joel Hammond, unos agentes inmobiliarios que matan a mala gente para que Sheila se los coma. Aparte de eso, son bastante normales”, o lo que es lo mismo: Sheila y Joel intentan vender casas mientras crían a una hija, pero un día Sheila vomita de forma exagerada (una de las mejores escenas) y pasa a ingerir carne cruda para más tarde comer carne humana. Si añadimos que Drew Barrymore y Timothy Olyphan, además de ser productores, dan vida a esos agentes inmobiliarios, que Víctor Fresco ('Me llamo Earl') firma su creación y que Ruben Fleischer se encuentra bajo la dirección de algunos episodios, poco podía fallar.

 

Pero ahí reside el problema, ese hype aumentado por una buena campaña de publicidad (maravillosos esos pósters que inundan las calles y redes). Esperábamos una gamberrada sin pretensiones, pero nos topamos con un producto algo insulso, que deja un poco indiferente al espectador. Podemos encontrar tintes críticos a la sociedad entre las gracietas de esta familia estadounidense. Alegorías al carpe diem (sí, algo manidos, pero al parecer necesarios en estos días en los que la elección de un presidente, por ejemplo, ha eclipsado cualquier haz de luz), metáforas de la sociedad blanca aburrida como zombies o críticas a la mujer de 40 años en el mundo del cine, pero todo queda entre dicho en una sucesión de acciones que parece quedar a mitad de hacer y que no ayudan a que algunos diálogos punzantes y gamberros destaquen como deberían.

 

A su favor hay que resaltar la facilidad con la que Barrymore se desenvuelve en la comedia negra, se disfruta al ver cómo se lo pasa bien (algo que Olyphan debe aprender). Es esa gracia innata de la fuese la más célebre víctima de Ghostface la que hace que no te importe que te intenten colar un mal chiste o que quieras que asesine a su propia hija para que deje de ser esa “chica mala” que nadie aguanta. Porque sí, Drew Barrymore es el gran reclamo de la serie, la que hace que todo tenga sentido y quién provoca que finalmente nos decantemos por seguir viendo las peripecias del matrimonio. Y no olvidemos cómo ayuda que la duración de cada episodio no se exceda de los 27 minutos, que hace que aceptemos la serie como si se tratase de un tentempié ligero para matar el gusanillo.

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