#15FestivalSevilla

Ya te echo de menos, cine europeo

Toda la experiencia de la semana del Festival de Cine Europeo de Sevilla en primera persona. Recomendaciones post-festival.


Otro otoño más, pasó el Festival de Sevilla. Cinéfilos preocupados por la escena internacional, espectadores ocasionales, estudiantes que llegan a las salas por primera vez, todos vemos un Festival distinto, pero la espera es compartida. La espera, y la certeza de que otro año más viviremos este acontecimiento cultural que pondrá en el mapa, al menos por una semana, a una ciudad que deja de mirarse a sí misma para enseñarnos a nosotros a mirar a través de las cámaras.

 

Una de las mayores bondades del SEFF es que nadie puede verlo por entero. Cada película significa una elección; exige descartar otras que no se podrán visitar. El Festival es inabarcable, y adentrarse en él es como leer un Elige tu propia aventura; se salta de capítulo en capítulo, de historia en historia, pretendidamente a ciegas, descubriendo aquí o allá pequeños fogonazos y chivatazos.

 

Siguiendo una de esas pistas, la que daba el programador del Festival Javier H. Estrada en Radiópolis en la víspera de la jornada inaugural, decidí adentrarme en esa selva oscura con Ray & Liz, nada menos que el retrato autobiográfico de la infancia del fotógrafo Richard Billingham. Una historia difícil, contada sin embargo con un gusto exquisito, evitando en todo momento caer en un tono autocompasivo o recriminatorio. Los personajes, su familia, no se comportan con maldad ni con bondad; hacen lo único que saben hacer. La película no les juzga, como un niño no puede juzgar la indiferencia de sus padres, y en este sentido alcanza hacia su final altas cotas de humanidad.

 

 

Decidí, por supuesto, no quedarme ahí y no faltar un solo día de los restantes para sacar el máximo partido a lo que quedaba por delante. La siguiente fue, pues, Pity de Babis Makridis, colaborador en realizaciones de Yorgos Lanthimos, cuya obra resulta clara inspiración para este film. Aunque se entiende la voluntad de desligar ambas trayectorias por los organizadores del Festival, como se hacía en el coloquio que siguió a la proyección, no hay necesidad de ello mientras la cohesión de esa ola rara (Weird Wave) del cine griego nos siga dando estas joyas de disociación emocional y humor negro que ponen patas abajo la realidad.

 

He de confesar que a última hora descarté Doblatov para poder ver Leto («Verano»), de Kirill Serebrennikov. Que me perdone Alexéi German Jr., pero gracias a ese soplo pude disfrutar una de las mejores películas del Festival. Leto es original como lo que parece, una historia de triángulo amoroso, pero destaca porque es mucho más. Es la oda apasionada a una época desconocida y a la vez especialmente cercana, pues mira al otro lado de un espejo en el que toda nuestra historia reciente se refleja, el de la música rock. Cada escena es un baile de técnica, emoción y buena música, en la que sólo se sabe cómo se empieza, pero nunca dónde se va a acabar.

 

 

La siguiente sesión fue de grupo, ya que acudí con amigos a la llamada de La mujer de la montaña (Kona fer í stríð). Una cinta difícil de concebir en un país que no sea Islandia, en el que el paisaje tiene una presencia tal que se convierte en otro personaje; y, sin embargo, capaz de trascender fronteras para contar una historia de gran relevancia actual, en un tono simpático, desenfadado y por momentos surrealista.

 

Los últimos días los reservé a dos directores con un marcado sello personal, que en este caso parece haberles pesado a la hora de rematar sus películas. En primer lugar, el desastre que es La casa de Jack (The House that Jack Built), donde ni una Uma Thurman testimonial puede salvar esta obra con la que Lars von Trier cansará incluso a sus más fervientes defensores. Ante la ausencia de algo que contar más allá de guiños de enfant terrible sesentón a las hazañas de la Alemania Nazi, cuando la película no es insoportable alcanza, al menos, la calidad de un autobús despeñándose por un precipicio: horrible, aunque no se puede apartar la vista de ello.

 

 

Mejor gusto deja aquella con la que terminaron para mí los vuelcos de las salas de este Festival, en las que nunca es la misma persona la que entra y la que sale. Amanecer (Napszállta) es la última realización de László Nemes y, como su oscarizada El hijo de Saúl, tiene esa elección de puesta en escena inmersa en la acción que, por esta vez, parece demasiado para lo que la historia quiere transmitir. Nos quedará la pena de ver qué se podría haber hecho con un guion y ambientación tan soberbios, si en vez de la nuca de la protagonista pudiésemos haber visto una película. La misma pena que da pensar que tardaremos otras 51 semanas en estar de vuelta entre palomitas, sorpresas y deseos cumplidos.

 

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